A veces damos clases activas de historia y/o literatura durante nuestras excursiones anuales o, para decirlo de otra forma, “en vivo y en directo”. Totora, perdida en el camino entre Cochabamba y Sucre, ha mantenido su pintoresca arquitectura colonial y se encuentra a orillas de un riachuelo, en medio de colinas boscosas y campos de trigo.


De este lugar es oriundo Augusto Guzmán, uno de los más importantes escritores bolivianos del siglo XX. Era padre de Melita del Carpio, docente de literatura y actriz, quien el año pasado interpretó a la madre en nuestra obra de teatro “Mi planta de naranja-lima”, como podrá recordar el amable lector.


Su cuento “La cruel Martina” es una de las obras maestras de la literatura boliviana y, hasta hoy en día, sigue siendo muy popular. Relata la historia de una hermosa cholita llamada Martina que es violada por el corregidor del pueblo. Como resultado, queda embarazada y nace un niño. El corregidor, seguramente movido por algún sentimiento de culpabilidad, quiere ver al niño. Martina aprovecha la oportunidad para una cruel venganza: mata al bebé y prepara con él un rico picante, que sirve al corregidor y a sus amigos con abundante chicha.


—Queremos ver a tu guagüita —dice el corregidor al final del banquete.


—Si ustedes mismos acaban de comérselo —responde la mujer.


El cuento se basa en un hecho verídico. Augusto Guzmán intenta demostrar que no es Martina la verdadera “cruel”, sino aquel corregidor y aquella sociedad machista, por demás racista, que en aquellos tiempos permitieron que estos abusos sucedieran impunemente.


Cuando por la tarde llegamos a Totora, encargamos a los niños, niñas y jóvenes buscar la casa de nacimiento de Augusto Guzmán y la choza de la “cruel” Martina, preguntando a los pobladores. Durante varias horas, las chicas y los chicos erraron por las estrechas calles empedradas, pues se había ofrecido un helado como premio. Al final, su esfuerzo fue coronado por el éxito, pero antes pasamos por una discoteca, por un cine abandonado y por la sala de estar de un viejo poeta y coronel jubilado, algo desquiciado. Penoso fue también el hecho de que, después, en todo el pueblo no hubo un solo helado que pudiera comprarse para los vencedores.


Al día siguiente visitamos las ruinas incaicas de Incallajta, que se encuentran cerca de Totora, con el objetivo de mostrar a los chicos algo de la grandeza de sus antepasados. El tercer día regresamos a Cochabamba. Los solesianos y espinaleanos tuvieron que aguantar cuatro horas más de viaje para poder disfrutar, por fin, del helado prometido.


Agradecemos a la benefactora que también este año nos posibilitó una excursión inolvidable con su aporte, pues con el presupuesto común y corriente no hubiéramos podido costearla. También agradecemos la colaboración de la Alcaldía de Totora, que puso a nuestra disposición, gratuitamente, el alojamiento municipal.