El año 1998 lo iniciamos, como es tradicional en Año Nuevo, todos reunidos como de costumbre. En todos se veía una gran alegría, porque habíamos decidido que íbamos a trasladarnos a otro lugar, dentro de La Paz o quizá a otro departamento. Teníamos dos opciones: una era Coroico, en La Paz, y la otra Cochabamba, a donde finalmente nos mudamos.
Previamente teníamos que cumplir importantes compromisos de teatro. El año anterior habíamos creado la obra “La cruzada de los niños”, basada en un poema del poeta alemán Bertolt Brecht. Participamos en varios festivales de teatro, entre ellos el Festival Nacional de Teatro “Peter Travesí Canedo”, además de diferentes festivales internacionales en Chile y Argentina.
Sin embargo, mientras pasaba el año, las ganas de trasladarnos se hacían cada vez más grandes. Tanto fue así que, después de Navidad, dejamos todo como estaba y nos vinimos. Dejamos nuestro arbolito tal como lo habíamos adornado. Reconozco que era el mejor arbolito de toda la zona: era grande y bellísimo, muy adornado; tenía de todo, porque todos ponían esmero de su parte.
Luego llegó la hora que todos estaban esperando: “el traslado”. Este se inició con el embalaje de todas las cosas de la cocina. Esa noche tuvimos que quedarnos a dormir sin cena ni café caliente. La noche fue fría, pero estábamos todos juntos. Al día siguiente emprendimos el viaje a Cochabamba, exactamente a Quillacollo. Al llegar nos sentimos muy felices. Conocimos todo el lugar y era muy lindo, pese a que la gente era bastante distante y algo cerrada.