En los talleres, los adolescentes y jóvenes aprenden habilidades importantes que les serán útiles en cualquier momento. En Bolivia, uno de los países más pobres de Sudamérica, una formación técnica o profesional cuesta mucho dinero, algo que muchas personas no pueden costear.


En un país en el cual el 70% de la población urbana vive del sector informal –es decir, donde las personas fabrican y/o venden algo en la calle– es de extraordinaria importancia que aprendan, aparte de la formación escolar y profesional, a trabajar con madera, tela y pintura, así como a hornear, coser y cocinar, entre otras actividades. Esto contribuye a garantizar, de algún modo, su futura subsistencia, ya que en Bolivia una formación formal no garantiza un empleo o un puesto de trabajo seguro.


Además de los artículos de uso diario que se fabrican, por ejemplo, en la panadería o en la carpintería, los jóvenes también elaboran artesanías, como tarjetas, manteles y llaveros. Todos estos productos se ofrecen a cambio de una donación a personas dentro y fuera del país.


Asimismo, las chicas y los chicos asumen la responsabilidad de contribuir, en cierta medida, al mantenimiento de la comunidad, sin que esto signifique una producción de carácter netamente comercial destinada a asegurar el financiamiento del proyecto.