La comunidad infanto-juvenil estaba concebida para 20–25 niños, niñas y adolescentes de entre 6 y 18 años. Este número nos permitía crear un entorno familiar y establecer una relación personal con cada uno de ellos.


El principio fundamental de nuestro trabajo –además de la educación a través de diferentes manualidades, el arte y el juego– era la autogestión lo que significaba que, sobre todo, los jóvenes organizaban de manera autónoma gran parte de sus actividades. Para lograr la concienciación necesaria, nos basábamos en el “principio de autogestión acompañada”, que en la práctica se concretaba de la siguiente manera: los educadores acompañaban a los niños y adolescentes como guías y asesores durante los trabajos grupales compartidos, como teatro, música, deporte, talleres, cocina, horno, jardinería, tareas escolares y limpieza.


En consecuencia, los cambios de comportamiento no se lograban mediante terapias traumatizantes ni con métodos autoritarios, sino a través de la concienciación dentro del marco de una comunidad en la que cada uno tenía la posibilidad de construir un proyecto de vida. Modificar conductas mediante la formación de la conciencia, y no exclusivamente a través del sistema tradicional de “zanahoria y palo”, es, sin duda, exigente. No obstante, los resultados obtenidos de esta manera a largo plazo eran más duraderos, y los planes y sueños de los jóvenes, cuando comenzaban a construir su propia vida fuera de Tres Soles, no estallaban tan fácilmente como pompas de jabón.


Por supuesto, también había problemas, pero dentro de una “educación orientada a los problemas o conflictos” considerábamos la resolución autónoma de los problemas como una oportunidad para fomentar en los jóvenes la capacidad de pensamiento crítico. Asimismo, era importante que niños y jóvenes de ambos sexos y de todas las edades convivieran bajo un mismo techo, para aprender a relacionarse entre sí con respeto mutuo.