El grupo de teatro de nuestra comunidad fue invitado a un programa cultural con motivo del vigésimo aniversario de la Colonia Piraí. La Colonia Piraí es una granja ubicada cerca de Santa Cruz, en las tierras bajas amazónicas, y trabaja con jóvenes en un proyecto de formación agrícola. Nuestro elenco era nuevo y aún no tenía nombre. Sus miembros eran Sixto, Eduardo, Bernabé, Jesús, Abel, Freddy, Ricardo, Braulio y Santos.
En la mañana, antes de nuestra presentación, el animador de la verbena nos preguntó cómo se llamaba nuestro grupo para la correspondiente presentación al público.
—Nosotros nos llamamos… —comenzó Sixto, pero de pronto se calló y miró a los demás como en busca de ayuda; el silencio fue la respuesta—. Pues… este asunto tendremos que hablarlo todavía, ¿ya?
Enseguida, allá mismo, intentamos ponernos de acuerdo sobre el nombre de nuestro grupo, pero no fue fácil.
—Nos podríamos llamar como nuestro hogar —propuso Santos—. Damas y caballeros, el grupo de teatro del hogar---
—¡No puede ser el nombre de un grupo de teatro! —protestó Eduardo inmediatamente.
Por un momento todos callaron. Después dijo Jesús:
—¿Qué tal “El ojo de la aguja”?
Su cara estaba llena de picaduras de mosquitos.
—O simplemente “La aguja” —dijo Ricardo rápidamente.
—¿Por qué aguja? —preguntó alguien.
—Porque… pinchamos con nuestras obras, ¿no ve?
—Entonces también podríamos llamarnos “Las mariposas”, porque volamos con nuestras ideas —se burló Freddy.
—Las mariposas… ¿por qué no? —se preguntó Bernabé, pensando en voz alta.
—Bueno, avísenme cuando se hayan puesto de acuerdo; tengo cosas que hacer —dijo el animador de la verbena y se retiró sonriendo.
—¡Están hablando puras macanas! —se enojó Abel—. Nos hacen quedar mal.
—¿Puedes proponer otra cosa? —preguntó Santos.
Otra vez cundió el silencio. Desde afuera se podía oír el ruido de los trabajadores que armaban el escenario. Por la ventana se veía a jóvenes que pintaban con cal las partes inferiores de los árboles y las piedras al borde del camino. Otros cortaban el pasto y, al fondo, frente a los establos, bañaban con una manguera a las vacas y a los chanchos. Todos se esforzaban para que la granja brillara el día de su aniversario.
—Debería ser algo atractivo, que les guste a las chicas —dijo finalmente Abel—. Por ejemplo, nos podríamos llamar “Los machos”.
—Desde que estamos aquí solo piensas en chicas —murmuró Ricardo. Sufría mucho por el calor y el sudor le chorreaba por la cara sin cesar.
—No es cierto —se defendió Abel—. Solo estás celoso, porque todas las chicas me miran a mí no más.
—¡Claro que es cierto! —chilló Braulio—. Hasta en sueños hablas de una tal Natalia.
—Cállate, ¡perro sucio!
Eso fue demasiado para Braulio, que era un muchacho bastante sensible. Salió de la habitación llorando.
—Por supuesto que te has enamorado de la Natalia, Abel —siguió provocando Ricardo—. ¿Crees que no tenemos ojos en la cabeza?
Natalia era una chica muy linda que vivía en la Colonia Piraí, por si acaso.
—¡Eres un mentiroso! —gritó ahora Abel.
—¡Repítelo, si eres hombre! —respondió Ricardo en el mismo tono.
—¡Mentiroso maldito!
Y, antes de que pudiéramos evitarlo, ambos se habían lanzado a una feroz pelea. Cuando los demás lograron separarlos, ambos tenían un ojo morado: Abel en el lado derecho y Ricardo en el izquierdo; y el grupo seguía sin nombre.
—Al final, qué importa —dijo Eduardo—. Nos presentaremos sin nombre antes de que resulten más ojos morados.
Nos separamos y cada uno preparó sus cosas para la actuación. El sol se había puesto y los mosquitos habían empezado a salir de la oscura selva, a orillas de las aguas amarillas del río Piraí en frente a la colonia. La verbena, largamente esperada, comenzó. Doscientos chicos y chicas se agolpaban frente al escenario. Las luces se encendieron. Siguieron los discursos habituales, diferentes grupos de música y declamaciones, y por fin nos tocó a nosotros…
—Ahora, damas y caballeros, el grupo de teatro de El Alto —sonó una voz aguda a través del micrófono, y, dirigiéndose a nosotros detrás del telón, añadió—: ¿Ya eligieron su nombre? ¿Será “ojo de aguja” u “ojo de mariposa”?
El público se río. Se río de los collas, de los montañeses tontos.
Entonces Abel, profundamente ofendido, resopló por la nariz, salió al escenario con su ojo hinchado y morado y gritó:
—¡Qué “ojo de aguja” ni qué “ojo de mariposa”… “ojo morado”!
La reacción del público fue increíble. Tuvimos que esperar varios minutos hasta que las risas, los silbidos, los aplausos y los golpes de pies se calmaron. Ya no importaba cómo presentáramos la obra que habíamos preparado. Con los dos protagonistas de ojos morados, el éxito estaba garantizado.
Malas lenguas afirmaron después que Abel y Ricardo solo se habían peleado porque ambos estaban enamorados de la hermosa Natalia y que la disputa no había tenido nada que ver con el nombre del grupo de teatro; pero la leyenda del “ojo morado”, sobre el origen del nombre que nuestro grupo teatral llevaría en el futuro, ya estaba creada.